2.8.11

INICIANDO UN PROCESO DE LIBERACIÓN NACIONAL Y RECHAZANDO FÓRMULAS ELECTORALES (por Nacho Toledano)

Ya estamos otra vez a vueltas con las Elecciones. Nada más y nada menos que -esta vez- el 20 de Noviembre de este año. La mítica fecha parece propicia para hacer resucitar nuestros viejos fantasmas retóricos. Una vez más, las viejas exhortaciones a la unidad falangista. Y esta vez con el problema añadido de las seis mil firmas que necesita la Lista que quiera presentarse en Madrid (0,1% de los Electores). Que si debemos actuar unidos o moriremos. Que si nuestro mensaje sólo podrá calar si actuamos todos de forma coordinada. Que si esto o que si lo otro. Han descubierto América y sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando llueve. Llevamos años con la misma canción. Unidad, coordinación, todos juntos en unión... La unidad es fácil. Sin embargo, nuestros responsables no quieren -o no pueden... peor aún- conseguirla a la hora de la verdad. Por tanto, todo esto se queda en pura palabrería y chascarrillo. Lo de siempre.

Ahora se nos pide unidad para concurrir a unas Elecciones. Conozco tomaduras de pelo más inteligentes y mejor urdidas que esta. Porque la unidad debería haber estado hecha mucho antes. Cuando todavía era posible contar con una base humana suficiente y con una propuesta ideológica actualizada. Mucho me temo que la "coordinación" que ahora se nos pide desde un lado y desde otro no sería más que una suma muerta de factores negativos. Cero más cero, cero. Organizaciones esqueléticas que ya no podrán -por razón de la nueva normativa electoral- ni justificarse a través de su concurrencia a unos comicios. No tenemos ni afiliados ni propuestas. No tenemos nada. Entre otras cosas porque las organizaciones falangistas llevan ya muertas hace muchos años. Esqueletos mondos y lirondos sobre un mar de arena. Ahora -los de siempre- nos piden el esfuerzo para el viejo recurso interno de concurrir a unas Elecciones, y así justificar su existencia paupérrima. Las Elecciones como medio de movilizar a lo que queda de un partido y de asomarse tímidamente -y de refilón, como los malos toreros- al panorama político español. Como medio de consolidación de ridículos cargos.

Nuestras bases están hartas. Cansadas de concurrir una y otra vez a comicios electorales sin alcanzar ningún resultado positivo. Con medios penosos y con resultados infumables. Trabajar para nada... para nada -por supuesto- que no sea el mantenimiento de una jerarquía muerta y de un proyecto político nulo. Para conservar estructuras partidarias anticuadas y, por ende, inviables. Por eso, que se queden con ellas el Estado, Rajoy, el Rey y demás gentes de mal vivir. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Las Elecciones -hasta que no podamos tener fuerza y concurrir con dignidad y medios- son para ellos.
Es hora de cambiar las cosas y de modificar estos impresentables y constantes resultados. Es la hora de cambiar nuestras formas de actuación, porque hemos perdido muchos trenes. Y en muchas ocasiones.

Alguien a quien aprecio mucho me decía -hace tan sólo unos días- que yo nunca podría tener la categoría de político. Yo nunca podría ser un político, y ello porque mis conocimientos acerca de materias tan esenciales como la Unión Europea, como nuestro nivel de endeudamiento público o como la zona euro eran nulos. Sin duda, mi interlocutora tenía toda la razón. Al menos en un más que evidente aspecto: el de que nunca podré ser -ni yo ni ninguno de vosotros- un político al uso. Un político normalizado Marca ACME (como diría mi admirado Arturo Pérez-Reverte). Porque -lógicamente- algo sé de la Unión Europea y de nuestro nivel de endeudamiento. Lo suficiente como para salir corriendo en dirección contraria. Lo bastante como para querer pegar una patada -fuerte y certera- a este maldito tinglado en el que nos han metido, precisamente, nuestros políticos normalizados actuando en conjunción con nuestros también muy normalizados financieros. Una patada fuerte y certera que, empezando a desmontar el chiringuito de Su Majestad, encarrile nuestra nave por los caminos rectos de la Revolución. Es la hora de nuestra movilización revolucionaria y no de nuestra coordinación electoral.

Nosotros debemos organizarnos para empezar la Revolución, no para llevar un mensaje caduco a nuestro pueblo. Organizarnos para empezar la Rebelión, y no para volver a fracasar en un proceso electoral.

No terminó aquí mi conversación interesante con aquella persona a la que aprecio mucho. En relación al mismo asunto de nuestra situación política, ella me decía que mis seguidores -o lectores- no eran más que unos -aproximadamente- treinta frikys fracasados y que, lógicamente, con tal exiguo capital humano era imposible emprender empresa provechosa alguna. Lo que mi querida amiga ignora -porque, sin duda, no tiene ninguna obligación de saberlo- es que treinta frikys fracasados son una nada desdeñable cantidad de personas dentro de nuestro entorno político. A esa penosa conclusión nos han llevado lustros de políticas erróneas y de incapacidades manifiestas dentro de nuestras organizaciones. Vosotros sabéis -como sé yo- que las formaciones falangistas malvivientes a fecha de hoy no tendrán más de treinta militantes activos cada una de ellas. Y eso con suerte.
Por eso no me pareció demasiado mala la cifra. Por eso y porque, a raíz de los trabajos de la Mesa Nacional para la Integración, mis treinta frikys fracasados se han multiplicado -paralelismo rojinegro del milagro de los panes y los peces- añadiéndose a los de algún otro -y otro y otro- de mis Camaradas de la Mesa. Porque, para nuestra suerte, somos muchos más que esos treinta.

La semana pasada fueron publicados los llamados PUNTOS DE CONSENSO que han sido aprobados bajo la iniciativa y cobertura de la Mesa Nacional para la Integración. Tal y como ya se ha explicado extensamente, se trata de un conjunto de puntos doctrinales que -tras su adecuada discusión y debate- fueron aprobados de forma asamblearia por todos los integrantes de la Mesa. Desde un punto de vista interno, sirven para delimitar -por medio de un puñado de ideas aceptadas por todos- el ámbito ideológico de nuestra propuesta política. Desde un punto de vista externo, sirve para manifestar públicamente el modelo de sociedad por la que vamos a luchar todos los integrantes del proyecto. Esas son nuestras ideas y, quien nos apoye luchando a nuestro lado, ya tiene perfectamente clara la razón de su lucha.

La Mesa Nacional para la Integración está liderando un proceso político que culminará en la organización -mínima y muy operativa- de un movimiento social de base muy amplia y militante. Nosotros estamos agrupando personas no para que paguen cuotas, militen en anquilosadas -por rígidas- formas partidarias, busquen firmas para poder presentarse a tales o cuales comicios o asistan a interminables reuniones amañadas de antemano y carentes de cualquier contenido práctico. Alrededor de la Mesa se están agrupando personas que, constituyendo una base humana esencial para iniciar cualquier proyecto político, van a organizarse dentro de un esquema operativo ágil, sencillo y eficaz para después -inmediatamente después- poner en marcha un proceso revolucionario de liberación nacional. O al menos intentarlo.

La Mesa pretende articular una fuerza de oposición real al Sistema dentro de una política de confrontación permanente. Una confrontación legal y dentro de los lógicos límites constitucionales, pero constante y sin concesiones frente a este Estado que lleva meses deshaciéndose ante nuestros ojos. Y es que han cambíado las condiciones objetivas que presiden nuestra actuación política. La recesión capitalista ha hecho que el Estado ya no tenga nada que ofrecer al sufrido pueblo español. Porque antes -en los buenos tiempos de las vacas gordas- las vanguardias revolucionarias eran silenciadas por el propio nivel de prosperidad general que el Estado era capaz de ofrecer y de garantizar. La situación económica ha terminado -sin más- con el principal arma del Sistema frente a los anhelos de su transformación: el bienestar. Y así, mientras el Sistema nos ofrece sus manos vacías de resultados positivos, se extiende una legión de descontentos, de empobrecidos, de desempleados, de desalojados de sus hogares y de excluídos social y laboralmente. Una legión de descontentos que crece de día en día mientras el Sistema es incapaz de regenerarse a sí mismo y de terminar con esta situación. Una pésima situación económica que -lejos de terminar- va a seguir desarrollando su pavorosa curva descendente. Esta economía en caída libre ha generado el 15-M, y ha desencadenado un proceso de movimientos ciudadanos de contestación que -como ondas en el agua- va ampliando su base y su respuesta.

En esta situación posiblemente prerevolucionaria, debemos marcar objetivos sencillos -y de posible cumplimiento- de clara subversión, a la vez que nos vamos preparando para formar parte de una insurrección ciudadana de profundo calado y de consecuencias todavía imprevisibles. No tenemos fuerza para iniciarla solos -todavía- pero sí podremos luchar al lado de los que la inicien. Ante un más que previsible proceso de radicalización revolucionaria, debemos organizarnos para luchar unidos dentro de este futuro movimiento insurreccional. Unidos y organizados para constituir una fuerza real y efectiva de movilización social. Porque lejos de la sempiterna palabrería pomposa y hueca de nuestros responsables y de su eterna incapacidad, nosotros vamos a intentar estructurar una fuerza de oposición nacional que empiece, realmente, la Revolución. Esa es la urgente tarea actual, y no el mantenimiento de cáscaras vacías o de estructuras muertas.

Europa se salvó mediante el sacrificio de trescientos guerreros espartanos en el Paso de las Termópilas. España tal vez podrá ver nacer un mundo nuevo mediante el esfuerzo ímprobo de treinta frikys fracasados. Es mucho más que lo que tienen otros.